Solo uno justificó el anuncio de un nuevo desembarco de "monsters del rock" en Santiago. Asomó como un predicador imponente, con largo abrigo de cuero, gafas y su metálico timbre intacto. Electric Eye, joya de Screaming for Vengeance (1982), sonó con la misma convicción prensada en un momento irrepetible para la historia del rock pesado: cuando a principios de los '80 un pelotón de inspiradas bandas del Reino Unido (desde Iron Maiden hasta Motorhead) aceleraron el pulso y acentuaron el gesto para fundar el heavy metal como un género entonces renovador.

Anoche fue Rob Halford al frente de Judas Priest quien reiteró la prédica frente a unos 15 mil fanáticos (en la Pista Atlética del Estadio Nacional) que no están dispuestos a renunciar al credo que agita cabezas e invita al guitarreo aéreo. Aquella postal, la de Halford recreando un clásico y agitando noblemente el recuerdo, fue lejos lo mejor de la cuarta edición del festival rockero. Una cita que a pesar de la buena convocatoria y en una semana particularmente llena de conciertos, no pudo reeditar el vuelo de ediciones anteriores. Y, quizás, porque los tercios restantes del Monsters 2005, reiteraron lo visto o exhibieron un flojo desempeño.

Rata Blanca inauguró la cita como un tibio preámbulo para el primer "número fuerte" de la noche: Whitesnake, que con un David Coverdale digno de reality de viejos talentos, sólo recogió tibios aplausos con lo que la gente esperaba de ellos: una interpretación competente para Is This Love? y Here I Go Again, dos éxitos radiales de 1987 que arribaron en dupla y con los guiños precisos. El detalle fino, sin embargo, arrojó un registro jubilado (por más que gritó, Coverdale no se oyó por ningún lado) y una banda de malabaristas, partiendo por Tommy Aldridge, el batero.

Pero no se necesitaban trucos ni pobres agregados: bastaba con Judas Priest y su verdadero monstruo: Rob Halford.